Crítica de "The Batman" (Matt Reeves, 2022)















En una de las escenas más icónicas de “El Caballero Oscuro”, Alfred Pennyworth usaba nueve palabras –Hay gente que solo quiere ver el mundo arder- para intentar explicar a Bruce Wayne la imposibilidad de dotar de lógica a la maldad o la locura. La historia de Batman, a diferencia de la de salvadores omnipotentes como Superman, siempre fue la de un héroe frágil y silencioso que observa desde la amargura y la impotencia cómo el mundo se derrumba sin más opción que la de minimizar daños. Es tal vez por ello que el impresionante inicio de “The Batman” (Matt Reeves, 2022) evoca la esencia de uno de los mayores mitos de la DC. Gotham es presentada como un infierno apocalíptico, propio de estos días, en el que una noche de Halloween es el marco perfecto para robar, acosar, golpear o incluso matar. Demasiados frentes para un Batman cuya silueta se dibuja en un cielo en llamas mientras asume la imposibilidad de salvar el mundo.  

Las diferentes versiones cinematográficas de Batman han funcionado, a su manera, como espejo de la época en que han sido rodadas. Si las desatadas propuestas de Tim Burton daban rienda suelta a la maravillosa locura de los 80, la solemne mirada de Christopher Nolan reflejó la gravedad de un mundo post 11-S en el que el miedo a los atentados - ¿qué son, sino terroristas, el Joker de Heath Ledger o el Bane de Tom Hardy? - invadía el asustadizo espíritu del mundo occidental. Años después, Matt Reeves reinventa el mito de Batman por enésima vez, construyendo una fábula de terror más deudora de Nolan que de Burton, cuyos pasos caminan por una Gotham construida desde un perturbador realismo, y que sirve de espejo al propio terror de un presente azotado por pandemias, guerras y desastres naturales.

Reeves asume un reto mayúsculo, y es el de entrar en las tripas de Gotham abarcando en paralelo el retrato de varios de sus ilustres personajes. A veces desde el humor (Oz, atado, obligado a caminar como un pingüino), a veces desde la belleza (la poderosa imagen invertida de un Batman envuelto en llamas), y a veces desde la propia interpretación (Paul Dano, poseído por Enigma mientras canta el Ave Maria de Schubert en la celda de Arkham), Reeves utiliza todos los medios a su alcance para hacer del cine el vehículo perfecto para explicar la complejidad de Gotham. Si bien es cierto que no evita lugares comunes ni logra siempre mantener el pulso en las 3 horas de metraje, no lo es menos que su propuesta despliega, además de un exuberante e hipnótico poderío visual, una envergadura narrativa que le permite salir airosa de un desafío que lleva décadas repitiéndose en el tiempo.

Vivimos tiempos difíciles para los héroes. Es posible que las generaciones del presente hayan asumido, al igual que Robert Pattinson en The Batman, su propia incapacidad para cambiar el mundo y transformarlo en ese lugar con el que soñaban cuando se permitían ser ilusas. Tal desesperanza está llenando las calles de gente magullada, enfrentada a sus traumas, y que busca encontrar a su alma gemela para sentirse menos sola. Ojalá haya un futuro para un Batman capaz de reír a carcajadas, como hacía Bruce Wayne en el inolvidable final que compartía con el Joker en “La Broma Asesina” de Alan Moore y Brian Bolland. Eso significaría que, después de todo, hay luz al final del oscuro túnel por el que transitamos.

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