Ansiedad

Prefacio

Aquel fin de semana no iba a ser como los demás. Y no sólo porque iba cosido a un esperado lunes de Pascua. Corría junio del año 2011. Yo tenía 29 años y hacía sólo siete meses que me había ido de casa para empezar una ilusionante vida en pareja. Unos meses difíciles, en los que a mi chica y a mí nos tocó madurar a bofetadas. Aquel fin de semana llegaba como un entierro de lo malo, tras dar por hecho que lo peor había quedado atrás. Ante nosotros asomaban unos merecidos días de descanso en una perla de la Costa Brava llamada Tossa de Mar. Nos acompañarían algunos de mis mejores amigos. Todo iba a ser perfecto. Lo que no sabía era que mi vida, tal y como la conocía, iba a saltar por los aires.

Realmente, todo empezó un poco antes. Llevaba semanas escuchando a mi cuerpo susurrar en un idioma desconocido. Levemente, al principio, empecé a percibir débiles señales. Un día era un amago de visión borrosa. Otro, el rumor de unos latidos que se aceleraban sutilmente. Pensé que serían nervios, o una de esas bajadas de tensión que me habían visitado en un pasado no tan lejano. No le di importancia hasta que, unos días antes del principio de este relato, mi cuerpo elevó la voz de repente. Fue en el trabajo, escribiendo un correo electrónico cuyo contenido y destinatario aún recuerdo. Mientras redactaba, noté una sensación que siete años después aún no sé definir con palabras. Algo similar a una descarga. Algo que disparó mi corazón hasta volar a una velocidad imposible. Duró poco, pero no vino solo. Unas horas después, empezó el vértigo. Y la presión en el pecho. Y un punzante dolor de cabeza. Y, sobre todo, una incipiente incertidumbre por no saber qué me estaba pasando.

El fin de semana acabó llegando, y doy fe a que respondió con honores a los días que le precedieron. No fue perfecto. Estar fuera de casa incrementó los síntomas que venía soportando, aunque mi cuerpo, luchador por naturaleza, quiso aguantar un día. Incluso dos. Pero no pudo con el tercero. El domingo, a punto de cenar por última vez antes de volver a Barcelona, noté como el salón empezaba a cerrarse sobre sí mismo. Empecé a temblar, y a respirar con dificultad. A escuchar como mi corazón volvía a acelerar hasta el infinito. Salté de mi silla y grité. Grité desesperado por no saber qué me estaba pasando. Imaginé un infarto u algo peor. Mis amigos y mi chica reaccionaron como pudieron. Arropándome, calmándome, pero sin saber qué me pasaba. Fue un momento horrible que acabó conmigo en urgencias, en una camilla, en las manos de un médico que, una vez descartado un fallo cardíaco, pronunció una palabra que me acompañaría durante mucho tiempo: Ansiedad.

Desconcierto y negación

Después de todos estos años, no puedo evitar pensar en la inabarcable distancia existente entre la ansiedad que desconocemos e imaginamos, y aquella a la que nos enfrentamos cuando llama a nuestra puerta. Hay una especie de vacío entorno a la permanente enumeración de las enfermedades de la mente. Abusamos de los conceptos de ansiedad o depresión sin saber realmente lo que son. Pensamos que sólo son la representación del estrés o la tristeza. Luego volveré sobre esto, pero, si no os habéis enfrentado a ella, no caigáis nunca en la tentación de pensar que sabéis o entendéis lo que está pasando realmente una persona con ansiedad.

Un ansiolítico calma, pero no cura. El necesario medicamento responde ante todo a la necesidad de afrontar el malestar físico a través del que la ansiedad se manifiesta. Un error en el que caemos aquellos a los que la salud ha respetado con regularidad es pensar que todo problema médico es una especie de obstáculo que desaparece pronto y a base de medicamentos. Tras mi súbito ataque, y ya de vuelta en Barcelona, no tardé ni un día en visitar a mi médico de cabecera. Tras reducir casi al mínimo la considerable medicación que me habían prescrito en urgencias, Lluis, mi doctor de confianza, usó su habitual sentido del humor para normalizar lo que me pasaba y responder a mis preguntas. Yo no había gestionado nunca nada semejante, y era mucha la incertidumbre. Aún no era consciente, pero dentro de mi empezaban a asomar muchas dudas e inseguridades.

Era aquella una semana atípica, ya que tras el largo fin de semana, podía disfrutar de unos días de vacaciones. Dicha situación me dio tiempo para estudiar de modo casi obsesivo los síntomas que proyectaba mi cuerpo. Cada mañana, lo primero que hacía tras abrir los ojos era realizar una especie de chequeo general (cabeza, pecho, corazón, visión, temperatura..) a fin de comprobar si "estaba bien". Fui comprobando cómo algunas de las sensaciones iniciales parecieron contenerse moderadamente con la medicación, pero la aparición de nuevos síntomas incrementaron la desconfianza en mi organismo. Empezaron los mareos, la inestabilidad, la sensación de inminente desmayo, o los oídos taponados. Y emergió la mala costumbre de buscar y rebuscar en Internet.

Tras unos días extraños, de cierto recogimiento y bastante malestar, acabó llegando el día de volver al trabajo. Ha pasado mucho tiempo, pero aquellas horas siguen en mi memoria. Aquella espantosa sensación al agarrar el pomo de la puerta. Aquel miedo a poner un pie delante del otro y empezar a caminar. Aquella inseguridad ante la que salir a la calle parecía un salto al vacío. Tuve que apretar los dientes para iniciar el camino hacia la parada del autobús. Mis pasos fueron acompasados por los latidos de un corazón al que no dejé de prestar atención. Uno, dos, tres, cuatro. Debieron ser unos cinco minutos, pero me parecieron una eternidad.

Al llegar a la parada, no vi gente, sino al miedo en persona. Miedo a todo, y a nada. A ojos de cualquiera, aquella era una escena de simple rutina de ciudad. Pero todo mi ser estaba cayendo por un precipicio. Fue tal el miedo que sentí que, ya subido al bus, inicié una costumbre que duraría semanas. Porque aquello se repitió durante semanas. El autobús se convirtió en un lugar en el que agarrarme con fuerza a lo que fuera; en el que apoyar la espalda contra lo que fuera; en el que cerrar los ojos y respirar hondo para que la pesadilla en la que se convertía el trayecto a mi oficina pasara pronto. Al llegar a mi destino, siempre bajaba aturdido, tembloroso y con la frente llena de sudor.

La segunda rutina tenía lugar en el trabajo. Una vez allí, lo primero que hacía era ir al baño. Allí, me descubría pálido, incapaz de reprimir temblores y náuseas. Vomitaba, me refrescaba la cara, tomaba aliento y comenzaba una especie de actuación teatral que consumía a diario la energía de dos o tres vidas. Anticipo que jamás cogí la baja, algo que todavía no sé si fue un acierto o un error. La intercambié por siete horas de sufrimiento diario, atendiendo a gente en la oficina de un banco mientras veía sus caras borrosas y peleaba por evadirme de aquel infierno. Llegar a casa no era mucho mejor. Lo hacía derrotado, agotado por una lucha encarnizada que mi mente y mi cuerpo libraban a diario. Desanimado ante la perspectiva de tardes y noches que no traían alivio ni nada que se le pareciera.

Cuando sólo habían pasado tres semanas desde mi primer ataque, tuve que afrontar un nuevo reto. El de coger un tren, volver a estar fuera de casa un fin de semana, y asistir a una boda rodeado de desconocidos. Algo que para cualquier persona sería poco más que un trámite. A pesar de mi estado, intenté encarar el desafío con buen ánimo. Me agarré con fuerza a la posibilidad de que todo saliera bien. Tras una esperanzadora mañana de turismo por la ciudad, llegó la tarde. Y la boda. Pensé que la ansiedad me daría algo de tregua, pero me equivoqué. Fue subir al autobús que nos recogió en el hotel, saludar a un par de personas, y dispararse otra vez los latidos de mi corazón. Disimulé como pude, pero ahí empezó un nuevo infierno personal que duró las cinco o seis horas que abarcó la ceremonia. Sufrí varias descargas nerviosas que traté de contener como buenamente pude. Me ausenté varias veces para ir al baño y coger aire. No explicaré más. Sólo que al final pasó. Y que llegué al hotel. Y caí rendido en la cama, tras una dura lucha de la que salí vivo, pero seriamente magullado.

Fueron aquellas semanas de sufrimiento, en las que el médico mantuvo mi medicación a raya, a medio camino entre lo necesario para que no sufriera en demasía, y lo suficiente para evitar una dependencia difícilmente reversible. Días en los que mi vida cambió, y en los que mi espacio de seguridad fue reduciéndose a poco más que mi cama. Días en los que aprendí que es imposible llevar una vida normal si te encuentras mal cada día; en los que dejé de hacer deporte porque me mareaba; en los que no soportaba darme una ducha porque mi cuerpo reaccionaba mal al frío o al calor; en los que no podía ni ir a tomar un café por miedo a padecer un nuevo ataque. Me encontraba mal y tenía miedo. Incluso miedo a tener miedo.

Conocidos y desconocidos.

Mi chica se llama Marisol. Se fue a vivir conmigo un mes de diciembre, y en junio ya convivía con una persona que luchaba cada día contra un trastorno de ansiedad. Me veía sufrir a diario, creyendo no poder ayudarme. Ella lo desconoce, pero lo hizo. Me ayudó simplemente con algo tan difícil de encontrar como es el apoyo incondicional. No dejó un solo día de abrazarme antes de dormir, resistiéndose a juzgarme o decirme lo que debía hacer. Se limitó sabiamente a estar y a no jugar a la psiquiatría, y os aseguro que sufrió casi tanto como yo, porque no terminaba de entender lo que me pasaba, ni cómo ayudarme. Igual que mi madre o mi padre, que me habían tenido en su casa hasta sólo seis meses antes, y que veían a su hijo desmontarse sin saber qué hacer. O mis amigos, que se rompían la cabeza para animarme y aconsejarme, sin saber en aquel momento que no tenían cómo hacerlo.

Tras varias semanas de malestar, mi cuerpo empezó a habituarse a convivir con la ansiedad. En cierto modo, mi día a día tenía algo de aquella perversa partida de ajedrez que la muerte juega contra un caballero en la película El Séptimo Sello. La ansiedad había adquirido vida propia, y se había convertido en un habitante contra el que luchaba a diario, pero también uno al que retaba a explicarse en extrañas conversaciones. Es posible que, como insinúan estas líneas, bordeara algo similar a la locura. Eran días en los que voluntariamente elegía estar solo la mayor parte del tiempo, con lo que no tenía casi nada mejor que hacer que buscar espacios de diálogo con un ente indeterminado al que consideraba mi mayor enemigo.

En medio de aquellos extraños días, llenos de altibajos, elegí explicar lo que me estaba pasando, tanto a la gente más cercana como a aquellos que sólo podían ser calificados de conocidos. Encontré, a partes iguales, comprensión e incomprensión. Incluso llegaron inesperados gestos, como el regalo de un amuleto contra el mal de ojo. En medio de ese tejido de interacciones, aparecieron tres compañeras de trabajo que me confesaron haber pasado por lo mismo que yo. Una de ellas me contó que durante su larga vida de casada había convivido con la ansiedad y la incomprensión de su marido a partes iguales. Ese famoso "son tonterías tuyas" que tanto daño ha hecho. Otra me abrió una puerta que yo evitaba: la del psicólogo, una profesión en la que erróneamente no creía. La última no sólo me escuchó y compartió conmigo su historia. También me habló de la ansiedad en unos términos que yo por entonces desconocía. En una mañana, mi compañera desmontó la férrea idea de enfermedad, y la convirtió en síntoma. "No la rechaces; escúchala, a ver qué te dice". Mentiría si dijera que empecé a sentirme mejor, pero al menos se abrieron nuevos  caminos que explorar, más allá del de afrontar una enfermedad, medicarme y esperar a que se marchara.

Antes de aquella mañana, no había pensado nunca en la ansiedad como algo que no fuera una enfermedad a la que derrotar. La tenía dolorosamente cerca, pero no era capaz de ver en ella a un posible aliado protector, con una misión en mi vida. Intenté interpretar su presencia, pero no podía salir de un pensamiento: "Tal vez sea verdad que me quieres proteger de algo, pero si éste es tu modo de hacerlo, deja de protegerme, por favor". A pesar de todo, dejé de mirar sólo a la ansiedad, y empecé a diseccionar mi vida entera, buscando si, realmente, había algo que me amenazaba y que no era capaz de ver. Algo que trascendía ese malestar que me acompañaba las últimas semanas, y que tal vez sólo era parte de algo más grande y peligroso.

Recaída

A mediados de agosto, tras unos días en los que la ansiedad parecía haberme dado algo de tregua, volví a encontrarme mal. Terriblemente mal. Los síntomas ya conocidos emergieron de nuevo con fuerza, y fueron acompañados de otros de igual o mayor magnitud. Hubo una noche en la que desperté de madrugada con la sensación de que toda la habitación daba vueltas a mi alrededor, mientras mi cabeza vibraba con una intensidad terrorífica. Imaginad por un momento lo que es eso. Tu cabeza vibrando como si fuera una especie de motor. Tu, aterrorizado, mientras te ves incapaz de aplacar esa sensación. Y mientras, la habitación dando vueltas a tu alrededor con la violencia de un tiovivo fuera de control. Difícil. Muy difícil.

Habían pasado sólo dos meses desde mi primer ataque, pero para mí habían sido más bien la suma de 60 o 70 días interminables. Casi sin darme cuenta, había empezado a resignarme a que el resto de mi vida podría ser así. Las jornadas se repartían entre un malestar más o menos soportable y el sufrimiento más intenso. Dormía rodeado de pesadillas, y vivía con angustia en una cárcel que resultaba ser yo. Algo que muchos no saben de la ansiedad es que te puede llevar a desconectar de todo lo que no sea tu mente. Desaparecen los proyectos, las ilusiones, y el futuro se limita a superar ese día. Vives atrapado en tu cerebro, en un interminable diálogo contigo mismo, hasta el punto de que todo lo que te rodea se aleja, o simplemente desaparece. Tu día a día es castigarte, examinarte, y pedir permiso a tu inseparable ansiedad hasta para coger aire. Además, empezaba a darme cuenta de que, si bien tenía recursos para explicar lo que me pasaba a los que me rodeaban, mucha gente empezaba a verlo como algo vinculado a mi estado de ánimo, a mi modo de entender la vida, o incluso a mi forma de ser. Algo, si me lo permitís, que en el fondo me pegaba.

No abandoné mi interminable descenso a los infiernos hasta que ya no había espacio para seguir cayendo. Ya imaginaréis que por mi mente pasaron todos los pensamientos que existen, incluso aquellos de los que no está permitido hablar. El descenso avanzó, y culminó en uno de los días más tristes de mi vida. Un nueve de septiembre en el que cumplí treinta años por pura inercia. Un cumpleaños suele ser el día en que te vistes de protagonista para regocijo de los que te conocen. Un día de regalos, postales firmadas y alguna sonrisa de verdad. Aquel día quise desaparecer. Fui sorprendido por algunos de mis mejores amigos, que en un día como aquél no quisieron dejarme solo. Sufrí, como tantos otros días. Disimulé, como tantos otros días. Y finalmente regresé a casa con la sensación de haber tocado fondo.

Septiembre.

En el año 2011, Pedro Almodóvar dirigió una película llamada “La Piel que Habito”. Es improbable que el genial director manchego pueda llegar a imaginar que, treinta años después de abrir los ojos por primera vez, el que aquí escribe volvió a nacer mientras veía aquella película.

Después de mi cumpleaños, algo cambió. La vida nunca te anuncia las cosas que están por venir. Una de ellas tuvo a mi madre como protagonista, tras empeñarse en llevarme casi a rastras al pueblo donde cada año veraneaba junto a mi padre. Tras muchas dudas, acepté. Aterricé en Galicia tras pasarme todo el vuelo sin ser capaz de soltar la mano de Marisol. Allí estaban mis padres. Creo que no olvidarán nunca a aquel chico pálido, con el rostro desencajado, que decía ser su hijo. A aquel joven con treinta años recién cumplidos que llenaba los minutos de silencios, y que no era capaz ni de probar bocado. Hace poco vi una foto de aquellos días, y confieso que me impactó. A pesar de todo, funcionó. Fueron aquéllas jornadas tranquilas, de paseos por el campo, apetito creciente y la protección de los míos. Unos días que lograron que volviera algo mejor de cómo llegué.

A partir de aquel viaje, hubo tres acontecimientos seguidos que hicieron que todo cambiara en cuestión de pocas semanas. El primero, y más importante, fue acabar en la consulta de una psicóloga llamada María que literalmente me salvó la vida. La segunda fue la decisión de mi médico de reforzar mi medicación. Recuerdo aún su frase: "hay que aceptar que se ha pinchado una rueda, y que hay que cambiarla". Eso implicaba empezar a tomar antidepresivos en un tratamiento de larga duración. Lo recibí como una derrota. Me daba miedo esa palabra. Pero ayudaron.

Y aquí es donde llega La Piel que Habito. Como buen cinéfilo, quería ir a ver la película, pero mi ansiedad me ofrecía un listado inabarcable de excusas para no hacerlo. Seguro que Marisol recuerda aquella tarde. ¿Vamos o no vamos? Creo que cambié de opinión diez o doce veces. Al final, venció el sí. Llegué a la sala de cine, y elegí la proeza de ver la película en medio de la sala. Nada de un asiento lateral por si había que salir corriendo. En medio. Y, de repente, llegó el milagro. Vi la película. Me perdí en ella. La disfruté y salí del cine con la primera sonrisa que esbozaba en más de tres meses.

El resto es algo que cabe dentro de una pequeña envoltura. Estuve más de un año visitando a María con regularidad, mejorando lentamente -a pesar de algún altibajo-, conociéndome por dentro, y aprovechando todo lo que una profesional como ella podía enseñarme. Tuvo paciencia, y logró que abandonara la idea de buscar el desencadenante de la ansiedad, para invertir mis esfuerzos en avanzar, aprender a gestionar lo que me pasaba, y recuperar mi vida. Seguí tomando antidepresivos durante varios meses, reduciendo progresivamente mi dosis, y aceptando la medicación como parte de lo que me tocaba. Aunque aún quedaban momentos difíciles, fui encontrándome mejor cada día, ganando centímetro a centímetro el espacio que sólo a mí me pertenecía. Y, en medio de todo ello, lo inesperado. Lo logré. Finalmente, lo logré.

Fin

Ángel.

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